Esta mañana, como cada día, me dirigía al medio de transporte más utilizado y que al mismo tiempo, es el que tiene más averías, problemas y retrasos: el metro.
Pero hoy no voy a criticar este medio, dejaré el tema para más adelante. Hoy voy a hablar sobre toda aquella gente que viaje en el metro sin pensar en los demás.

8:00. Hora punta. Los trenes paran en las estaciones sin que los pasajeros podamos montar. Después de un par de empujoncitos, estoy dentro. A los pocos minutos, el ambiente se despeja. Consigo sentarme. Pocos son los desafortunados que siguen en pie.

En la estación de Cuzco, de la línea 10 del metro de Madrid, una mujer mayor, bastón en mano, entra en el vagón. El tren se pone en marcha, y la pobre señora se agarra como puede a una barandilla vertical. Se balancea, mientras los viajeros no hacen nada. Indignante.
Cojo mi bolsa y me levanto. Ando un par de metros y le digo que ocupe mi asiento. Ella, muy observadora, me dice que voy cojeando, que me vuelva a mi sitio, pero yo insisto mientras nuestro alrededor escucha la conversación. Me coloco de pie y apoyado sobre la puerta, miro la situación. Todos bajan la cabeza, hasta que un hombre de unos 60 años, se levanta y me dice: “Joven, siéntate, que me bajo en dos paradas”.

De todos los viajeros, ninguno superaba los 50, y nadie fue capaz de ceder el asiento a aquella anciana, que casi no podía sostenerse en pie. Y eso que existen asientos reservados.

Y luego querremos que sean solidarios con nosotros cuando seamos ancianos… Un poquito de educación, por favor.